IV. Encuentro teológico

Nos alegra mucho invitarles al IV.Encuentro Teológico que tendrá lugar el 15 y 16 de mayo 2026.El tema de este año es: Dios, fuente de madurez.Les enviamos toda la información. Para inscribirse deben llenar este formulario: https://forms.gle/sHSqfVLEvEqSbBWW7

Novedad: e-books gratis

Muchas personas han pedido que publiquemos los textos de nuestros podcasts TEOBROTES. Hemos decidido de hacer lo en forma de pdf-interactivo. “Hospitalidad” es el primero que esta gratis a disposición. Si desean apoyar la producción de podcasts y e-books de la Colegiata Cielo en la Tierra, son bienvenidos los donativos a la cuenta: Caixabank  Colegiata Cielo en la Tierra    ES56 2100 0963 6502 0051 8238

¿Dispuesta a morir?

Las guerras nunca me han dejado indiferente: ¡causan una destrucción y sufrimiento inmensos! Evito tomar partido por uno u otro bando; más bien, busco entender los intereses, lo que está en juego y quiénes son los actores detrás de los conflictos armados. Leo artículos de opinión, escucho podcasts y me documento, aunque también me esfuerzo por limitar el tiempo que dedico a ello. Cuando me preguntan qué pienso sobre una situación, casi siempre comienzo diciendo que el mundo es muy complejo. Además, hay una gran manipulación de la información: la propaganda y las noticias de guerra son herramientas poderosas que impactan nuestras vidas, sembrando odio, miedo y resentimientos. Al mismo tiempo, necesito encontrar mi lugar y saber qué hacer en este mundo del que formo parte. Recientemente, una reflexión sobre el conflicto en Oriente Medio me impactó profundamente. Se decía que, en el mundo musulmán, donde existen numerosas teocracias, hay muchas personas dispuestas al martirio, listas para morir por una causa… Y de ahí surgió una pregunta en lo más profundo de mi ser: ¿y yo, para qué causa estoy dispuesta a morir? Tardé un tiempo en encontrar las palabras que reflejen lo que siento y pienso. Pensé en Jesús de Nazaret: ¿qué haría él? Llegué a la conclusión de que deseo ser una artesana de paz; renuncio a la violencia. Estoy en contra de la producción y venta de armas; quiero vivir desarmada. Algunos dicen que soy ingenua, que entonces nos dominarán, nos invadirán, nos matarán… Pero yo pensé en la cruz. ¿Qué sentido tenía y tiene? Jesús fue fiel a sus convicciones: no entró en la espiral de violencia, siguió amando a todos, incluso a sus enemigos, incluso cuando eso significaba enfrentar una muerte espantosa. Me queda claro que lo único que debo hacer en esta vida es amar en todas las circunstancias. La causa por la cual estoy dispuesta a vivir y morir es el amor. Intento hacerlo con todas mis limitaciones y con todo lo que soy. Deseando aprender a amar cada día más y mejor. Escribo estas palabras, en una fecha cercana de pascua. Estoy feliz de celebrar un año más, en profundidad, esta fiesta que en hebreo se dice Pesah, que significa “paso” o “salto”. Se trata de dar un salto cualitativo en nuestra forma de amar. Pasar de un amor egocéntrico a un amor ecocéntrico, un amor a todo lo que existe. Amar siempre, a todos y a toda la creación. Abandonar una cultura de la destrucción y de muerte, para saltar a una cultura de vida y de amor. Ojalá la fiesta de Pascua sea fuente de inspiración, para vivir una nueva humanidad.

Te reconozco

El concepto de equidad mantiene una estrecha relación con el de igualdad y, fruto de ello, en muchos casos puede llevar a confusión o malas interpretaciones que se funden en una fina línea difícil de diferenciar. La equidad procura mirar a las personas reconociendo y aceptando las diferencias, y cuestionándose qué necesidades tiene cada una. Lógicamente, no todo el mundo tiene las mismas necesidades. Podríamos decir que la igualdad habla de reglas y normas, mientras que la equidad es uno de los principios que justifican el acceso universal al sistema educativo, al sistema de salud, al derecho a la vivienda y a la cobertura de las necesidades básicas. La equidad habla de oportunidades para cualquier ser humano, venga de donde venga y sea quien sea. Hablamos de facilitar caminos hacia una vida mejor, a la cual todos tenemos derecho, pero a la que no todos tenemos acceso de la misma manera. Y he aquí que esto me lleva a reflexionar: en la sociedad actual, una cosa es el uso y el sentido literal de las palabras por sí mismas, y otra, el sentido que se les otorga cuando ponemos en práctica lo que significan. Así, a menudo, su significado se pervierte y se confunde a la hora de aplicarlas. Un claro ejemplo lo encontramos en el valor de la vida humana y, en concreto, en la situación de los migrantes, los refugiados y los solicitantes de asilo. El reconocimiento de la diferencia se construye a partir de la mirada hacia el otro: acogiéndolo, escuchando sus historias, entendiendo sus límites y sus posibilidades, sus desesperaciones y sus esperanzas. Ayudar de forma equitativa no significa eliminar su diferencia para asimilarlo en una falsa integración en nuestra sociedad. Significa poner en valor quién es y responder a la cuestión de qué necesita para poder tener una oportunidad justa, especialmente cuando el punto de partida es muy distinto al nuestro. Porque la equidad implica un trato diferenciado ante situaciones específicas, siempre con el fin de garantizar la igualdad en el ejercicio de los derechos. La diversidad nos enriquece a todos y despierta nuestra imaginación a la hora de ofrecer a cada persona lo que realmente necesita y le será útil para no vivir sumergida en un constante sentimiento de falta de futuro. Por este motivo, en muchas ocasiones será necesario ajustar las reglas, sin que esto implique favoritismo ni privilegios especiales, sino el reconocimiento de que la vida no reparte las cartas de forma justa. En el fondo, la equidad es un valor directamente relacionado con la justicia; es una forma de respeto y de decirle al otro: «te reconozco y estoy aquí para tenderte la mano con las herramientas que necesites para salir adelante». Anna-bel Carbonell Rios, Educadora annabelcarbonell@gmail.com Revista RE, Gener 2026. N. 125

Pan y paz

Recientemente leí que se escogió la fecha del 8 de marzo, para la celebración del Día Internacional de la Mujer, por una razón precisa. Fue ese día, que las mujeres rusas, en 1917, se declararon en huelga, en protesta por la muerte de dos millones de soldados rusos en la guerra. Entre ellos, sin duda, estaban sus maridos e hijos. Lo que más me impactó fue su eslogan en la manifestación: pedían “pan y paz”. Las mujeres de hoy tenemos numerosas reivindicaciones legítimas, a causa de las desigualdades que aún persisten en el mundo. Al mismo tiempo, observando la creciente proliferación de guerras y conflictos armados, me parece fundamental retomar esta antigua demanda de “pan y paz”. Este pensamiento me ha recordado a la celebración de la Pascua. Según los Evangelios, Jesús Resucitado saludaba a sus discípulos con las palabras “la paz esté con vosotros”, y ellos lo reconocían a través del gesto de “compartir el pan”. Por esta razón, en cada eucaristía se invita a un gesto de paz y se comparte el pan. La Pascua simboliza el acto de PASAR, es decir, el tránsito de la esclavitud a la libertad, de la muerte a la vida. Hoy podríamos vivir una nueva pascua: de “hambre y guerra” a “pan y paz”. Dejar atrás la esclavitud de las injusticias, la violencia y las armas. Fue María Magdalena, una mujer, quien anunció por primera vez la resurrección de Jesús. Ojalá que en todas las manifestaciones programadas este año por el Día Internacional de la Mujer se escuche este grito, que expresa nuestro deseo más profundo: ¡PAN Y PAZ! Pauline Lodder, Pineda de Mar

«Todo acabará bien».

La Colegiata organiza un Webinar sobre Juliana de Norwich, impartido por Adelaide Baracco Colombo, doctora en Teología. Publicó en 2015 Juliana de Norwich. Cuando la mística se hace teología. Juliana de Norwich vivió aproximadamente entre 1342 y 1416, en una época difícil marcada por guerras, enfermedades y una profunda crisis de la Iglesia. Se retiró como reclusa en una celda adosada a la iglesia de San Julián de Norwich. La reclusión era una práctica extendida para dedicarse a la oración, la meditación y el estudio. Juliana desarrolló una sensibilidad humana y espiritual al servicio de quienes la visitaban en busca de consejo. Su obra Revelaciones del amor divino es considerada el primer libro escrito por una mujer en lengua inglesa. Juliana recibió de Cristo dieciséis revelaciones que plasmó por escrito, comentándolas a lo largo de su vida. Su mensaje es, ante todo, una invitación a la esperanza y a la confianza en Dios.  Les adjuntamos los enlaces de las grabaciones de las 3 sesiones:

La prisa y el ruido: males de nuestro tiempo

Es fácil, en nuestra vida cotidiana —ajetreada y estresada—, mutilar procesos humanos como reacción al acelerarnos y dispersarnos. Luis González Fabra, periodista y consultor de la República Dominicana, expresa en este artículo -La prisa y el ruido: males de nuestro tiempo– que la velocidad no es progreso; más bien, lo es la calidad de la presencia con la que vivimos. Para ello, hace falta silencio por fuera y serenidad por dentro. Además, expone una serie de prácticas que pueden ayudarnos a centrarnos, respirar hondo y vivir con sentido. https://www.diariolibre.com/opinion/agora/2026/01/18/la-prisa-y-el-ruido-males-de-nuestro-tiempo/3407988

Mirar el mundo por más de una ventana

Con este fragmento, recordamos la sabiduría de Jane Goodall recogida en su obra autobiográfica Gracias a la vida (Mondadori, 2002). Mirar el mundo por más de una ventana “Me preguntan a qué se debe esta apariencia sosegada, esta serenidad. Quieren saber si medito. No de una manera formal, les digo, pero sí que intento mantenerme conectada por un hilo de poder espiritual. […] Son mis largos días, meses y años en los bosques tropicales de Gombe los que me ayudan a mantener la serenidad en medio del caos, porque la paz la llevo en mi interior.” “La existencia en la selva me absorbió por completo. Fue un periodo muy especial, en el que estar sola se convirtió en una forma de vida, en una oportunidad perfecta para meditar sobre el significado de la existencia y de mi lugar en ella. Pero estaba demasiado ocupada aprendiendo cosas sobre la vida de los chimpancés como para preocuparme por el sentido de la mía. Había ido a Gombe a desarrollar una tarea concreta y no a alimentar mi interés por la filosofía y la religión; no obstante, es cierto que aquellos meses en Gombe contribuyeron a modelar la persona que soy hoy. Y habría demostrado muy poca sensibilidad si el milagro y la infinita fascinación de aquel nuevo mundo no hubieran ejercido una profunda influencia en mi manera de pensar. Cada día me acercaba un poco más a los animales y a la naturaleza y, por lo tanto, también a mí misma, y me sentía más en armonía con el poder espiritual que respiraba a mi alrededor. Quien ha experimentado el placer de estar a solas con la naturaleza no necesita más explicaciones, y a quien no lo haya experimentado nunca solo puedo decirle que no hay palabra capaz de describir el maravilloso contacto con la belleza y la eternidad que nos embarga de forma repentina y totalmente inesperada. La belleza siempre está ahí, presente, pero los momentos de auténtica conciencia de ella eran infrecuentes. Llegaban sin avisar, quizás mientras contemplaba los primeros relámpagos que preceden al alba, o cuando miraba a través de las hojas de un árbol gigante, hacia los verdes y los castaños, las sombras negras, y el punto de cielo azul infinitamente seductor y brillante; o cuando al anochecer apoyaba la mano sobre el tronco todavía caliente de un árbol y contemplaba el reflejo de la luna nueva sobre las aguas siempre inquietas y susurrantes del lago Tanganica. Cuanto más tiempo pasaba a solas, más me confundía con el mundo mágico y frondoso que ahora era mi hogar. Los objetos inanimados llegaron a tener su propia identidad y, como Francisco de Asís, mi santo predilecto, les ponía nombres y les saludaba como si fueran buenos amigos. “Buenos días, Cima”, le decía cada mañana cuando llegaba allá arriba; “Hola, Riachuelo” le decía cuando iba a buscar agua; “Oh, Viento, por Dios cálmate”, cuando aullaba en aquellas alturas, frustrando mis posibilidades de localizar a los chimpancés. Y desarrollé en particular una profunda conciencia del existir de los árboles. Palpar la corteza áspera y todavía caliente de uno de aquellos viejos gigantes, o la piel fresca y suave de un árbol joven y orgulloso, hacía que, de una manera intuitiva y extraña, sintiera circular la savia desde las invisibles raíces hasta las últimas ramas, allá en la copa. […] Y cada día aprendía más cosas sobre los chimpancés […] Las horas que pasaba en la selva siguiendo, observando o simplemente estando con los chimpancés no solo me proporcionaban datos científicos, sino que me llenaban de una profunda paz. Los árboles inmensos, retorcidos y viejos, los pequeños arroyos abriéndose paso a través de las rocas para llegar al lago, los insectos, los pájaros, los propios chimpancés. De aquellos días recuerdo uno en particular, y lo hago con un sentimiento casi reverencial. Estaba tumbada boca arriba, entre las hojas y ramas del suelo tropical. Notaba las piedras incrustadas contra mi cuerpo y me moví unos milímetros hasta quedar cómodamente encajada entre ellas. Allá arriba, a cierta altura, estaba David Barbagrís comiendo higos. De vez en cuando veía un brazo negro que se estiraba para arrancar un fruto, un pie que se balanceaba, una oscura sombra que se desplazaba ágilmente entre las ramas. Recuerdo la extraña sensación de armonía de colores en el bosque, entre las tonalidades amarillas y verdes que se oscurecían hasta convertirse en marrón y púrpura, las lianas enroscadas en los árboles y adheridas a las ramas, fundiéndose unas con otras. Al mediodía, el aire tropical se llenó de la música estridente de las cigarras, de sus ondas intermitentes de canto y silencio, como miembros vocingleros de un coro entonando una ronda infinita de canciones sin palabras. […] Aquel día sentí que el antiguo misterio me volvía a cautivar, que volvía aquel silencio interior. Estaba allí tumbada, como un fragmento más de la naturaleza experimentando de nuevo aquella mágica intensificación del sonido, aquella riqueza de percepción aumentada. Tenía clara conciencia de movimientos secretos en los árboles. Una pequeña ardilla, con el pelaje a rayas, subía por un tronco haciendo sus típicas espirales, metiendo la nariz en los agujeros de la corteza, con ojos brillantes y orejas redondas, alerta. […] Es casi imposible describir la renovada conciencia que se tiene cuando se abandonan las palabras. Las palabras pueden intensificar la experiencia, pero también pueden empobrecerla. Contemplamos un insecto y ya estamos abstrayendo determinadas características y clasificando: una mosca, decimos. Y en ese mismo momento cognitivo, parte del milagro ha desaparecido. Una vez hemos etiquetado las cosas que nos rodean, dejamos de observarlas con tanta atención. Las palabras son parte de nuestro yo racional y olvidarnos de ellas un rato equivale a dejar que nuestro yo intuitivo vuele con total libertad. […] Mi creciente comprensión de David y de sus amigos incrementó el profundo respeto que siempre había sentido hacia formas de vida diferentes a las mías, y me permitió valorar desde una nueva perspectiva el lugar de los chimpancés y también el

Aprender de los árboles

Cuando llega el invierno, los árboles comienzan a desnudarse en silencio. Sus hojas caen poco a poco, siguiendo el ritmo sereno de la naturaleza. Resulta interesante comprender las causas de este fenómeno. En otoño y en invierno hay menos horas de luz y, cuando las hojas ya no pueden realizar suficiente fotosíntesis, el árbol deja de sostenerlas. Entonces se desprende de ellas formando una capa especial en la base de la hoja, llamada zona de abscisión, que interrumpe el paso de nutrientes y permite que la hoja se seque y caiga. De este modo, el árbol se aligera. Ahorra energía, se resguarda del frío y evita que el peso de la nieve quiebre sus ramas. La caída de las hojas no es una pérdida, sino un acto de cuidado: una manera de protegerse, de resistir y de atravesar lo difícil para volver a florecer. Es, en esencia, un mecanismo de defensa y sabiduría natural. Al observarlos, no puedo evitar preguntarme: ¿qué hacemos los seres humanos cuando llega nuestro propio invierno? Tal vez también nosotros necesitamos soltar. Desprendernos de lo que pesa, de lo que ya no nos nutre, y reunir nuestra energía en lo verdaderamente esencial…Y así estar preparado para acoger la primavera que llegará… Pauline Lodder

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