
El concepto de equidad mantiene una estrecha relación con el de igualdad y, fruto de ello, en muchos casos puede llevar a confusión o malas interpretaciones que se funden en una fina línea difícil de diferenciar.
La equidad procura mirar a las personas reconociendo y aceptando las diferencias, y cuestionándose qué necesidades tiene cada una. Lógicamente, no todo el mundo tiene las mismas necesidades. Podríamos decir que la igualdad habla de reglas y normas, mientras que la equidad es uno de los principios que justifican el acceso universal al sistema educativo, al sistema de salud, al derecho a la vivienda y a la cobertura de las necesidades básicas. La equidad habla de oportunidades para cualquier ser humano, venga de donde venga y sea quien sea. Hablamos de facilitar caminos hacia una vida mejor, a la cual todos tenemos derecho, pero a la que no todos tenemos acceso de la misma manera.
Y he aquí que esto me lleva a reflexionar: en la sociedad actual, una cosa es el uso y el sentido literal de las palabras por sí mismas, y otra, el sentido que se les otorga cuando ponemos en práctica lo que significan. Así, a menudo, su significado se pervierte y se confunde a la hora de aplicarlas. Un claro ejemplo lo encontramos en el valor de la vida humana y, en concreto, en la situación de los migrantes, los refugiados y los solicitantes de asilo.
El reconocimiento de la diferencia se construye a partir de la mirada hacia el otro: acogiéndolo, escuchando sus historias, entendiendo sus límites y sus posibilidades, sus desesperaciones y sus esperanzas. Ayudar de forma equitativa no significa eliminar su diferencia para asimilarlo en una falsa integración en nuestra sociedad. Significa poner en valor quién es y responder a la cuestión de qué necesita para poder tener una oportunidad justa, especialmente cuando el punto de partida es muy distinto al nuestro.
Porque la equidad implica un trato diferenciado ante situaciones específicas, siempre con el fin de garantizar la igualdad en el ejercicio de los derechos. La diversidad nos enriquece a todos y despierta nuestra imaginación a la hora de ofrecer a cada persona lo que realmente necesita y le será útil para no vivir sumergida en un constante sentimiento de falta de futuro. Por este motivo, en muchas ocasiones será necesario ajustar las reglas, sin que esto implique favoritismo ni privilegios especiales, sino el reconocimiento de que la vida no reparte las cartas de forma justa.
En el fondo, la equidad es un valor directamente relacionado con la justicia; es una forma de respeto y de decirle al otro: «te reconozco y estoy aquí para tenderte la mano con las herramientas que necesites para salir adelante».
Anna-bel Carbonell Rios, Educadora