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	<title>creencias archivos - Colegiata Cielo en la Tierra</title>
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	<title>creencias archivos - Colegiata Cielo en la Tierra</title>
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		<title>La chakana o cruz andina</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Colegiata Cielo en la Tierra]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 12 May 2026 19:21:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Antropología]]></category>
		<category><![CDATA[Cultura]]></category>
		<category><![CDATA[Espiritualidad]]></category>
		<category><![CDATA[Interculturalidad]]></category>
		<category><![CDATA[Temas]]></category>
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					<description><![CDATA[Adentrarse en el mundo de los símbolos prehispánicos y preincaicos exige respeto y cuidado, pues nos acercamos a significados que han llegado hasta nosotros por la tradición oral y están escasamente documentados. Estas culturas no contaban con sistemas de escritura formal. Sin embargo, la falta de escritura no implica ausencia de pensamiento complejo: cada tejido, cada piedra, cada geometría encierra ideas, experiencias y valores, y la cruz andina debe entenderse como uno de esos fragmentos de conocimiento materializado, un símbolo que condensa en su forma la cosmovisión de los pueblos andinos. Aunque el término quechua&#160;chakana&#160;es el que ha llegado hasta nosotros, la forma geométrica y el concepto del símbolo existían previamente en otras culturas y lenguas preincaicas. La palabra quechua nombra así algo más ancestral y compartido, manteniendo su sentido de puente, escalera y conexión entre mundos. Los cuatro brazos de la cruz andina presentan tres peldaños cada uno, y en conjunto generan doce puntas externas y un centro circular que señala el punto de convergencia. En ese espacio central simbólico coinciden caminos, energías y dimensiones de la vida, uniendo lo visible con lo invisible, lo humano con lo cósmico y lo cotidiano con lo trascendente. Parecería que los tres peldaños remiten a la triple dimensión de la existencia, mientras que las doce puntas sugieren totalidad y ciclos completos, configurando un mapa del tiempo en el que se integran los ritmos agrícolas, lunares y solares. De este modo, el tiempo se concibe como un proceso cíclico en el que cada fase concluye y se renueva, en sintonía con el movimiento constante del cielo y de la naturaleza. Así, los cuatro brazos representan principios de orden y equilibrio, articulando los puntos cardinales, niveles del cosmos y relaciones comunitarias. El&#160;hanan pacha&#160;(mundo de arriba), el&#160;kay pacha&#160;(mundo presente) y el&#160;uku pacha&#160;(mundo interior) convergen en esta geometría, que integra espacio, tiempo y cielo en un único símbolo. Las culturas andinas poseían un conocimiento del cielo extraordinariamente preciso y miraban las estrellas más allá de la mera contemplación, utilizándolas como guías para la vida y los rituales. La constelación de la Cruz del Sur, visible en el hemisferio sur, marcaba estaciones y organizaba ceremonias. Parece ser que, en ciertos momentos del año, las cuatro estrellas de esta constelación se alinean de manera que evocan la forma cruciforme de la&#160;chakana. Algunos autores sugieren que ese es su origen y que, por eso, el 3 de mayo se señalaba tradicionalmente como un momento significativo en la observación del cielo. Es importante resaltar que en el mundo preincaico los pueblos no tenían fronteras políticas rígidas, aunque existían zonas de influencia, territorios agrícolas y centros de encuentro ceremonial. La cruz andina expresa, precisamente, esta forma de entender el mundo, en la que comunidad, naturaleza y cosmos se integran sin necesidad de límites físicos, a través de la observación, la transmisión y la práctica ritual. Posteriormente, con la expansión del Tahuantinsuyo, los incas adoptaron la&#160;chakana&#160;y la incorporaron a su administración y cosmovisión. Sus brazos pasaron a representar los cuatro suyos (las cuatro regiones): Chinchaysuyo, Antisuyo, Collasuyo y Contisuyo, todos convergentes en Cusco. La gran diferencia con los pueblos preincaicos es que los incas sí establecieron fronteras y ejercieron control sobre los territorios conquistados, organizando su imperio mediante una compleja estructura administrativa. De este modo, un símbolo de orden y equilibrio natural adquirió también una dimensión política. Con la llegada de los europeos a estas tierras, tiempo más tarde, la cruz cristiana encontró un territorio donde la cruz ya existía como principio de orden y vínculo entre planos. Y, aunque ambos símbolos comparten la forma de dos ejes que se cruzan, su significado es diferente: la cruz cristiana remite al sacrificio y la redención, así como a la fe, la resurrección y la unión entre lo humano y lo divino, mientras que la cruz andina articula espacio, tiempo y cosmos. Sin restar el dolor causado por el colonialismo cultural, ejercido tanto por los incas como por los europeos y que tuvo un impacto dramático sobre las poblaciones preincaicas, este “cruce de cruces” muestra cómo distintas culturas, en distintos momentos de la historia, ofrecen respuestas complementarias a preguntas sobre la existencia, la naturaleza y la trascendencia. Y hoy, aquí, en pleno siglo XXI, en la Murtra de Santa María del Silencio, donde conviven con respeto ambas cruces, me viene a la mente la “intuición cosmoteándrica” del místico Raimon Panikkar —por&#160;cosmo&#160;se entiende la naturaleza y el universo como un todo ordenado, con sus ritmos y ciclos; por&#160;teo, la dimensión de lo divino, aquello que otorga sentido y profundidad a la existencia; y por&#160;andro, la experiencia humana, concreta y vivida—, según la cual lo humano, lo cósmico y lo divino forman un tejido interrelacionado e indivisible. Al contemplar la cruz andina y la cruz cristiana compartiendo espacio en un mismo oratorio, como símbolos en diálogo, ambas parecen interpelarse en torno a esas mismas dimensiones de la existencia. Y es precisamente en este encuentro, desde este diálogo posible y respetuoso de significados, donde se revela algo más profundo: que la suma de saberes y culturas no diluye las diferencias, sino que nos acerca y nos enriquece, con mayor profundidad y sentido, a la comprensión de la realidad y de nuestro lugar trascendente en ella. Olga Fajardo, @olgafajardo_escrituraintima Fuente, https://murtra.org/2026/04/la-chakana-o-cruz-andina/]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<figure class="wp-block-image size-large"><img fetchpriority="high" decoding="async" width="1024" height="867" src="https://colegiatacieloenlatierra.org/wp-content/uploads/2026/04/Cruz-Andina-.-LourdesF--1024x867.jpg" alt="" class="wp-image-6099" srcset="https://colegiatacieloenlatierra.org/wp-content/uploads/2026/04/Cruz-Andina-.-LourdesF--1024x867.jpg 1024w, https://colegiatacieloenlatierra.org/wp-content/uploads/2026/04/Cruz-Andina-.-LourdesF--300x254.jpg 300w, https://colegiatacieloenlatierra.org/wp-content/uploads/2026/04/Cruz-Andina-.-LourdesF--768x650.jpg 768w, https://colegiatacieloenlatierra.org/wp-content/uploads/2026/04/Cruz-Andina-.-LourdesF--1536x1301.jpg 1536w, https://colegiatacieloenlatierra.org/wp-content/uploads/2026/04/Cruz-Andina-.-LourdesF--2048x1734.jpg 2048w, https://colegiatacieloenlatierra.org/wp-content/uploads/2026/04/Cruz-Andina-.-LourdesF--1320x1118.jpg 1320w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /><figcaption class="wp-element-caption">Foto: Lourdes Flaviá</figcaption></figure>



<p class="wp-block-paragraph">Adentrarse en el mundo de los símbolos prehispánicos y preincaicos exige respeto y cuidado, pues nos acercamos a significados que han llegado hasta nosotros por la tradición oral y están escasamente documentados. Estas culturas no contaban con sistemas de escritura formal. Sin embargo, la falta de escritura no implica ausencia de pensamiento complejo: cada tejido, cada piedra, cada geometría encierra ideas, experiencias y valores, y la cruz andina debe entenderse como uno de esos fragmentos de conocimiento materializado, un símbolo que condensa en su forma la cosmovisión de los pueblos andinos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Aunque el término quechua&nbsp;<em>chakana</em>&nbsp;es el que ha llegado hasta nosotros, la forma geométrica y el concepto del símbolo existían previamente en otras culturas y lenguas preincaicas. La palabra quechua nombra así algo más ancestral y compartido, manteniendo su sentido de puente, escalera y conexión entre mundos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los cuatro brazos de la cruz andina presentan tres peldaños cada uno, y en conjunto generan doce puntas externas y un centro circular que señala el punto de convergencia. En ese espacio central simbólico coinciden caminos, energías y dimensiones de la vida, uniendo lo visible con lo invisible, lo humano con lo cósmico y lo cotidiano con lo trascendente. Parecería que los tres peldaños remiten a la triple dimensión de la existencia, mientras que las doce puntas sugieren totalidad y ciclos completos, configurando un mapa del tiempo en el que se integran los ritmos agrícolas, lunares y solares. De este modo, el tiempo se concibe como un proceso cíclico en el que cada fase concluye y se renueva, en sintonía con el movimiento constante del cielo y de la naturaleza.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Así, los cuatro brazos representan principios de orden y equilibrio, articulando los puntos cardinales, niveles del cosmos y relaciones comunitarias. El&nbsp;<em>hanan pacha</em>&nbsp;(mundo de arriba), el&nbsp;<em>kay pacha</em>&nbsp;(mundo presente) y el&nbsp;<em>uku pacha</em>&nbsp;(mundo interior) convergen en esta geometría, que integra espacio, tiempo y cielo en un único símbolo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Las culturas andinas poseían un conocimiento del cielo extraordinariamente preciso y miraban las estrellas más allá de la mera contemplación, utilizándolas como guías para la vida y los rituales. La constelación de la Cruz del Sur, visible en el hemisferio sur, marcaba estaciones y organizaba ceremonias. Parece ser que, en ciertos momentos del año, las cuatro estrellas de esta constelación se alinean de manera que evocan la forma cruciforme de la&nbsp;<em>chakana</em>. Algunos autores sugieren que ese es su origen y que, por eso, el 3 de mayo se señalaba tradicionalmente como un momento significativo en la observación del cielo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Es importante resaltar que en el mundo preincaico los pueblos no tenían fronteras políticas rígidas, aunque existían zonas de influencia, territorios agrícolas y centros de encuentro ceremonial. La cruz andina expresa, precisamente, esta forma de entender el mundo, en la que comunidad, naturaleza y cosmos se integran sin necesidad de límites físicos, a través de la observación, la transmisión y la práctica ritual.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Posteriormente, con la expansión del Tahuantinsuyo, los incas adoptaron la&nbsp;<em>chakana</em>&nbsp;y la incorporaron a su administración y cosmovisión. Sus brazos pasaron a representar los cuatro suyos (las cuatro regiones): Chinchaysuyo, Antisuyo, Collasuyo y Contisuyo, todos convergentes en Cusco. La gran diferencia con los pueblos preincaicos es que los incas sí establecieron fronteras y ejercieron control sobre los territorios conquistados, organizando su imperio mediante una compleja estructura administrativa. De este modo, un símbolo de orden y equilibrio natural adquirió también una dimensión política.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Con la llegada de los europeos a estas tierras, tiempo más tarde, la cruz cristiana encontró un territorio donde la cruz ya existía como principio de orden y vínculo entre planos. Y, aunque ambos símbolos comparten la forma de dos ejes que se cruzan, su significado es diferente: la cruz cristiana remite al sacrificio y la redención, así como a la fe, la resurrección y la unión entre lo humano y lo divino, mientras que la cruz andina articula espacio, tiempo y cosmos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sin restar el dolor causado por el colonialismo cultural, ejercido tanto por los incas como por los europeos y que tuvo un impacto dramático sobre las poblaciones preincaicas, este “cruce de cruces” muestra cómo distintas culturas, en distintos momentos de la historia, ofrecen respuestas complementarias a preguntas sobre la existencia, la naturaleza y la trascendencia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y hoy, aquí, en pleno siglo XXI, en la Murtra de Santa María del Silencio, donde conviven con respeto ambas cruces, me viene a la mente la “intuición cosmoteándrica” del místico Raimon Panikkar —por&nbsp;<em>cosmo</em>&nbsp;se entiende la naturaleza y el universo como un todo ordenado, con sus ritmos y ciclos; por&nbsp;<em>teo</em>, la dimensión de lo divino, aquello que otorga sentido y profundidad a la existencia; y por&nbsp;<em>andro</em>, la experiencia humana, concreta y vivida—, según la cual lo humano, lo cósmico y lo divino forman un tejido interrelacionado e indivisible. Al contemplar la cruz andina y la cruz cristiana compartiendo espacio en un mismo oratorio, como símbolos en diálogo, ambas parecen interpelarse en torno a esas mismas dimensiones de la existencia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y es precisamente en este encuentro, desde este diálogo posible y respetuoso de significados, donde se revela algo más profundo: que la suma de saberes y culturas no diluye las diferencias, sino que nos acerca y nos enriquece, con mayor profundidad y sentido, a la comprensión de la realidad y de nuestro lugar trascendente en ella.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong><em>Olga Fajardo</em></strong>, <strong>@olgafajardo_escrituraintima</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Fuente, https://murtra.org/2026/04/la-chakana-o-cruz-andina/</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
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		<title>¿Querer es poder?</title>
		<link>https://colegiatacieloenlatierra.org/2023/05/querer-es-poder/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Gemma Manau Munsó]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 02 May 2023 21:38:54 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Antropología]]></category>
		<category><![CDATA[Ciencia y tecnología]]></category>
		<category><![CDATA[Espiritualidad]]></category>
		<category><![CDATA[Temas]]></category>
		<category><![CDATA[bienestar]]></category>
		<category><![CDATA[creencias]]></category>
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					<description><![CDATA[Algunos dichos populares denotan una sabiduría que surge de las experiencias más vitales, y manifiestan aspectos de la realidad con gran clarividencia, otros, en cambio, a pesar de que integran nuestro imaginario colectivo, y que nos configuran, no necesariamente presentan una visión realista de la realidad. La expresión “querer es poder” es para mí un ejemplo claro de este segundo tipo de dichos populares. ¿Por qué? Esta expresión lleva implícita una noción prácticamente absoluta de la capacidad de la voluntad humana, como si la fuerza de voluntad, el empeño, la dedicación y el esfuerzo, la constancia, permitieran al ser humano alcanzar cualquier cosa que se propusiera siempre y cuando pusiese en ello el brío suficiente. Se olvida de esta forma que el ser humano es, ante todo, un ser limitado. Esto no es ni bueno ni malo, es nuestra forma de ser. Con esta reflexión no quiero negar la importancia de la voluntad, todo lo contrario, ésta es importantísima y necesaria para cualquier acción que emprendamos, es una energía que nos pone en movimiento y en muchos casos, nos lleva a metas que nos parecían inalcanzables a nosotros mismos, pero no nos lleva más allá de nuestro propio límite. A veces realmente querer es poder, pero en otros casos no lo es de forma alguna. La imaginación, la creatividad se mueven en esta frontera del límite. Podríamos decir que estiran la realidad lo más posible, hasta tocar la frontera de lo real y posible, pero no la pueden cruzar. La ciencia, y en la actualidad la tecnología, pueden ser un caso paradigmático de esto que estamos diciendo. Los avances, que además, siguen un ritmo vertiginoso, lo cual puede generar una especie de espejismo que lleve al ser humano a convencerse de que siempre querer es poder. Cuando apareció la televisión los más ancianos no llegaban a comprender cómo se habían podido meter aquellas personas allí dentro. Ahora esta perplejidad nos arranca una sonrisa. Pero la perplejidad ante la complejidad no nos puede hacer perder de vista la realidad del ser humano. Hace unos años, el teólogo&#160;Martín Gelabert&#160;en un artículo titulado&#160;“Las religiones, inspiradoras de humanización”, afirmaba que&#160;«todas las religiones, si son auténticas, son humanizadoras»; y continuaba manifestando que&#160;«Si las religiones son inspiradoras y promotoras de humanización, entonces es claro que lo humano es criterio de la buena religión. En la búsqueda de lo humano es donde las religiones pueden encontrarse entre ellas y donde pueden ofrecer un criterio objetivo de su bondad a las personas no religiosas.» Del artículo del teólogo valenciano quisiera destacar lo humano como criterio de autenticidad (o de buena religión) y como lugar de encuentro, no sólo entre las religiones, sino también, añadiría yo, para el diálogo fe cultura, y en concreto con la ciencia (y la tecnología que se desprende de la misma), puesto que cuando un creyente mira la creación, mira la misma realidad que el científico, aunque sea desde perspectivas diferentes y con aberturas diferentes, puesto que el ser humano religioso no entiende esta realidad presente como definitiva. Sin embargo puede ser más difícil ponernos de acuerdo en lo que significa lo humano, o aquello que promueve la humanización. Intentemos esbozar algunos criterios. El primero ciertamente puede ser el límite. Desde la tradición judeocristiana se entiende el ser humano como creado, y en este sentido la creaturalidad del ser humano nos remite a Dios. El ser humano es creado y sustentado por Dios. Sin embargo, el límite no es una noción que se desprende de la religiosidad, sino que el límite pertenece a la raíz más profunda del ser, del ser humano, puesto que toda persona es, pero podía no haber existido nunca. No es un dato revelado, sino un dato ontológico. El ser humano es un ser radicalmente frágil existencialmente, y social por naturaleza. La ciencia nos aporta por un lado conocimiento, es decir nos ayuda a comprender la realidad, nuestra realidad, esa misma que es tocada por la mirada creyente y por la mirada científica. Pero una realidad que es limitada y que por ello es contemplada por una mirada que a su vez también lo es, por ello hay que asumir y aceptar con alegría que la realidad siempre tendrá para nosotros una dimensión de misterio. Por otro lado, la ciencia nos proporciona mayores cotas de bienestar, por lo tanto, una ciencia que sea una buena ciencia, es decir impulsora y promotora de humanización tiene que proporcionar un bienestar inclusivo y nunca exclusivo, o pero aún, excluyente, pues si lo fuera no sería verdaderamente humanizadora. En la búsqueda de lo humano, partiendo de la aceptación del límite y por lo tanto de la dimensión de misterio que la realidad tiene, y desde una perspectiva inclusiva puede haber un diálogo fructífero entre la fe (las religiones) y la ciencia, para que ambas promuevan una sociedad más humanizadora. Gemma Manau Fuente: Nuestra Señora de la Paz y la Alegría: Pliego nº 129 (pliegotante.blogspot.com)]]></description>
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<figure class="wp-block-image size-large"><img decoding="async" width="1024" height="551" src="https://colegiatacieloenlatierra.org/wp-content/uploads/2023/05/Jofre-y-flor-margarita-detalle-manos-flor-1-1024x551.jpg" alt="" class="wp-image-3867" srcset="https://colegiatacieloenlatierra.org/wp-content/uploads/2023/05/Jofre-y-flor-margarita-detalle-manos-flor-1-1024x551.jpg 1024w, https://colegiatacieloenlatierra.org/wp-content/uploads/2023/05/Jofre-y-flor-margarita-detalle-manos-flor-1-300x161.jpg 300w, https://colegiatacieloenlatierra.org/wp-content/uploads/2023/05/Jofre-y-flor-margarita-detalle-manos-flor-1-768x413.jpg 768w, https://colegiatacieloenlatierra.org/wp-content/uploads/2023/05/Jofre-y-flor-margarita-detalle-manos-flor-1.jpg 1174w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /><figcaption class="wp-element-caption">Foto: Maria Muntané</figcaption></figure>



<p class="wp-block-paragraph">Algunos dichos populares denotan una sabiduría que surge de las experiencias más vitales, y manifiestan aspectos de la realidad con gran clarividencia, otros, en cambio, a pesar de que integran nuestro imaginario colectivo, y que nos configuran, no necesariamente presentan una visión realista de la realidad. La expresión “querer es poder” es para mí un ejemplo claro de este segundo tipo de dichos populares. ¿Por qué? Esta expresión lleva implícita una noción prácticamente absoluta de la capacidad de la voluntad humana, como si la fuerza de voluntad, el empeño, la dedicación y el esfuerzo, la constancia, permitieran al ser humano alcanzar cualquier cosa que se propusiera siempre y cuando pusiese en ello el brío suficiente. Se olvida de esta forma que el ser humano es, ante todo, un ser limitado. Esto no es ni bueno ni malo, es nuestra forma de ser.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Con esta reflexión no quiero negar la importancia de la voluntad, todo lo contrario, ésta es importantísima y necesaria para cualquier acción que emprendamos, es una energía que nos pone en movimiento y en muchos casos, nos lleva a metas que nos parecían inalcanzables a nosotros mismos, pero no nos lleva más allá de nuestro propio límite. A veces realmente querer es poder, pero en otros casos no lo es de forma alguna.<br><br>La imaginación, la creatividad se mueven en esta frontera del límite. Podríamos decir que estiran la realidad lo más posible, hasta tocar la frontera de lo real y posible, pero no la pueden cruzar.<br><br>La ciencia, y en la actualidad la tecnología, pueden ser un caso paradigmático de esto que estamos diciendo. Los avances, que además, siguen un ritmo vertiginoso, lo cual puede generar una especie de espejismo que lleve al ser humano a convencerse de que siempre querer es poder.<br><br>Cuando apareció la televisión los más ancianos no llegaban a comprender cómo se habían podido meter aquellas personas allí dentro. Ahora esta perplejidad nos arranca una sonrisa. Pero la perplejidad ante la complejidad no nos puede hacer perder de vista la realidad del ser humano.<br><br>Hace unos años, el teólogo&nbsp;<strong>Martín Gelabert</strong>&nbsp;en un artículo titulado&nbsp;<strong>“Las religiones, inspiradoras de humanización”</strong>, afirmaba que&nbsp;<strong>«todas las religiones, si son auténticas, son humanizadoras»</strong>; y continuaba manifestando que&nbsp;<strong>«Si las religiones son inspiradoras y promotoras de humanización, entonces es claro que lo humano es criterio de la buena religión. En la búsqueda de lo humano es donde las religiones pueden encontrarse entre ellas y donde pueden ofrecer un criterio objetivo de su bondad a las personas no religiosas.»</strong><br><br>Del artículo del teólogo valenciano quisiera destacar lo humano como criterio de autenticidad (o de buena religión) y como lugar de encuentro, no sólo entre las religiones, sino también, añadiría yo, para el diálogo fe cultura, y en concreto con la ciencia (y la tecnología que se desprende de la misma), puesto que cuando un creyente mira la creación, mira la misma realidad que el científico, aunque sea desde perspectivas diferentes y con aberturas diferentes, puesto que el ser humano religioso no entiende esta realidad presente como definitiva. Sin embargo puede ser más difícil ponernos de acuerdo en lo que significa lo humano, o aquello que promueve la humanización.<br><br>Intentemos esbozar algunos criterios. El primero ciertamente puede ser el límite. Desde la tradición judeocristiana se entiende el ser humano como creado, y en este sentido la creaturalidad del ser humano nos remite a Dios. El ser humano es creado y sustentado por Dios. Sin embargo, el límite no es una noción que se desprende de la religiosidad, sino que el límite pertenece a la raíz más profunda del ser, del ser humano, puesto que toda persona es, pero podía no haber existido nunca. No es un dato revelado, sino un dato ontológico. El ser humano es un ser radicalmente frágil existencialmente, y social por naturaleza.<br><br>La ciencia nos aporta por un lado conocimiento, es decir nos ayuda a comprender la realidad, nuestra realidad, esa misma que es tocada por la mirada creyente y por la mirada científica. Pero una realidad que es limitada y que por ello es contemplada por una mirada que a su vez también lo es, por ello hay que asumir y aceptar con alegría que la realidad siempre tendrá para nosotros una dimensión de misterio.<br><br>Por otro lado, la ciencia nos proporciona mayores cotas de bienestar, por lo tanto, una ciencia que sea una buena ciencia, es decir impulsora y promotora de humanización tiene que proporcionar un bienestar inclusivo y nunca exclusivo, o pero aún, excluyente, pues si lo fuera no sería verdaderamente humanizadora.<br><br>En la búsqueda de lo humano, partiendo de la aceptación del límite y por lo tanto de la dimensión de misterio que la realidad tiene, y desde una perspectiva inclusiva puede haber un diálogo fructífero entre la fe (las religiones) y la ciencia, para que ambas promuevan una sociedad más humanizadora.<br><br><br><strong>Gemma Manau</strong><br></p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Fuente: </strong><a href="http://pliegotante.blogspot.com/2019/10/pliego-n-129.html">Nuestra Señora de la Paz y la Alegría: Pliego nº 129 (pliegotante.blogspot.com)</a></p>
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		<item>
		<title>Aquí en el cielo</title>
		<link>https://colegiatacieloenlatierra.org/2023/02/aqui-en-el-cielo/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Colegiata Cielo en la Tierra]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 26 Feb 2023 17:28:14 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Espiritualidad]]></category>
		<category><![CDATA[Temas]]></category>
		<category><![CDATA[Teología]]></category>
		<category><![CDATA[creencias]]></category>
		<category><![CDATA[misterio]]></category>
		<category><![CDATA[trascendente]]></category>
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					<description><![CDATA[Aquí en el cielo, María Dolores López Guzman, editorial Sal Tarrea, 2016 La autora María Dolores López Guzmán es licenciada en Filología Hispánica y doctora en Teología. Ha sido profesora colaboradora en diversas instituciones universitarias. En la actualidad dedica su tiempo a los Ejercicios Espirituales, el acompañamiento espiritual, la comunicación oral a través de charlas y conferencias, y la escritura.&#160; El libro “Aquí en el cielo” nos ayuda a no oponer el cielo y la tierra, como si el primero fuera el mundo perfecto, frente a lo imperfecto. Los dos mundos &#8211; celeste y terrestre-, no están completamente separados ni son ajenos entre sí. Y, desde luego, el cielo no es un añadido a nuestra existencia después de nuestra muerte. Cristo ha venido para instaurar entre nosotros el Reino de los Cielos que no tendrá fin. Él es porción de cielo en la tierra. Hay que mirarlo a Él y seguirle para encontrarse con el cielo. Tenemos que despedirnos de la idea de que existen dos mundos: un mundo de arriba y un mundo de abajo. El cielo está en la profundidad de lo real.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<figure class="wp-block-image size-large"><img decoding="async" width="652" height="1024" src="https://colegiatacieloenlatierra.org/wp-content/uploads/2023/02/aquienelcielo-diseno-portada-Felix-Cuadrado-652x1024.jpg" alt="" class="wp-image-3657" srcset="https://colegiatacieloenlatierra.org/wp-content/uploads/2023/02/aquienelcielo-diseno-portada-Felix-Cuadrado-652x1024.jpg 652w, https://colegiatacieloenlatierra.org/wp-content/uploads/2023/02/aquienelcielo-diseno-portada-Felix-Cuadrado-191x300.jpg 191w, https://colegiatacieloenlatierra.org/wp-content/uploads/2023/02/aquienelcielo-diseno-portada-Felix-Cuadrado-768x1206.jpg 768w, https://colegiatacieloenlatierra.org/wp-content/uploads/2023/02/aquienelcielo-diseno-portada-Felix-Cuadrado-978x1536.jpg 978w, https://colegiatacieloenlatierra.org/wp-content/uploads/2023/02/aquienelcielo-diseno-portada-Felix-Cuadrado-1304x2048.jpg 1304w, https://colegiatacieloenlatierra.org/wp-content/uploads/2023/02/aquienelcielo-diseno-portada-Felix-Cuadrado-1320x2074.jpg 1320w, https://colegiatacieloenlatierra.org/wp-content/uploads/2023/02/aquienelcielo-diseno-portada-Felix-Cuadrado.jpg 1566w" sizes="(max-width: 652px) 100vw, 652px" /><figcaption class="wp-element-caption">Diseño de cubierta: Félix Cuadrado</figcaption></figure>



<p class="wp-block-paragraph">Aquí en el cielo, María Dolores López Guzman, editorial Sal Tarrea, 2016</p>



<p class="wp-block-paragraph">La autora <strong>María Dolores López Guzmán</strong> es licenciada en Filología Hispánica y doctora en Teología. Ha sido profesora colaboradora en diversas instituciones universitarias. En la actualidad dedica su tiempo a los Ejercicios Espirituales, el acompañamiento espiritual, la comunicación oral a través de charlas y conferencias, y la escritura.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">El libro “Aquí en el cielo” nos ayuda a no oponer el cielo y la tierra, como si el primero fuera el mundo perfecto, frente a lo imperfecto. Los dos mundos &#8211; celeste y terrestre-, no están completamente separados ni son ajenos entre sí. Y, desde luego, el cielo no es un añadido a nuestra existencia después de nuestra muerte. Cristo ha venido para instaurar entre nosotros el Reino de los Cielos que no tendrá fin. Él es porción de cielo en la tierra. Hay que mirarlo a Él y seguirle para encontrarse con el cielo. Tenemos que despedirnos de la idea de que existen dos mundos: un mundo de arriba y un mundo de abajo. El cielo está en la profundidad de lo real.<br><br></p>
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