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	<title>Sara Canca Repiso, autor en Colegiata Cielo en la Tierra</title>
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	<title>Sara Canca Repiso, autor en Colegiata Cielo en la Tierra</title>
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		<title>La esperanza, semilla del renacer interior</title>
		<link>https://colegiatacieloenlatierra.org/2025/12/la-esperanza-semilla-del-renacer-interior/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Sara Canca Repiso]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 05 Dec 2025 15:48:53 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Antropología]]></category>
		<category><![CDATA[Psicología]]></category>
		<category><![CDATA[Realismo Existencial]]></category>
		<category><![CDATA[Temas]]></category>
		<category><![CDATA[cambios]]></category>
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		<category><![CDATA[psicologia]]></category>
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					<description><![CDATA[Vivimos tiempos en los que hablar de esperanza puede sonar ingenuo. Sin embargo, cuando las certezas se desmoronan y el futuro parece incierto, es precisamente la esperanza —esa emoción tan silenciosa como poderosa— la que sostiene la posibilidad del cambio. Richard Boyatzis, con su modelo de aprendizaje autodirigido, nos recuerda que todo proceso de transformación personal comienza con un acto profundamente humano: creer que es posible llegar a ser alguien mejor, más pleno, más coherente con los propios valores, desde una base real. El yo ideal: el faro que guía en la niebla En esta primera fase, Boyatzis propone que el cambio parte del yo ideal, esa visión íntima de lo que deseamos ser. No se trata de una meta superficial, sino de una imagen cargada de sentido y emoción. En ella habitan nuestros sueños, nuestras aspiraciones más nobles y, sobre todo, la esperanza. Esa esperanza no es pasiva ni ingenua, sino que moviliza energía y perseverancia. Nos impulsa a actuar en dirección a nuestras metas y nos permite sostener el esfuerzo incluso cuando los resultados tardan en llegar. La esperanza, entendida así, no es un deseo vago, sino un combustible psicológico que fortalece la voluntad consciente. El yo real: el espejo que no siempre queremos mirar El cambio requiere también un encuentro honesto con el yo real. Mirarnos sin máscaras ni defensas puede resultar doloroso, pero solo al reconocer nuestras fortalezas y debilidades podemos trazar un camino auténtico hacia el crecimiento. En este punto, la esperanza vuelve a ser esencial: sin ella, el espejo del yo real solo reflejaría carencias; con ella, se convierte en un mapa de posibilidades. Boyatzis sugiere que el foco no debe ponerse únicamente en corregir errores, sino en fortalecer aquello que ya funciona bien. La esperanza, de nuevo, nos ayuda a mirar con amabilidad lo que somos, sin rendirnos ante lo que aún no hemos logrado. La agenda del cambio: cultivar la esperanza en acción El proceso de transformación personal requiere un plan, una hoja de ruta emocional y práctica. Pero más allá de los objetivos, Boyatzis resalta la necesidad de activar lo que llama el “atractor emocional positivo”: un conjunto de emociones —entre ellas la esperanza, el optimismo y la autoeficacia— que crean un estado fisiológico y mental propicio para el aprendizaje y la renovación. Cuando la esperanza domina sobre el miedo, el cerebro se abre, el cuerpo se calma y la creatividad florece. Es entonces cuando el cambio se vuelve sostenible, no forzado. La esperanza, en este sentido, no solo es una emoción; es una condición biológica para el crecimiento. Practicar, fallar, persistir Nada cambia de un día para otro, por eso en la cuarta fase de este modelo, se indica que la transformación requiere práctica, repetición y paciencia. Aprender nuevas formas de pensar, sentir o actuar es un proceso que se consolida poco a poco. Visualizar el yo ideal —ese futuro posible que deseamos alcanzar— nos ayuda a mantener el rumbo cuando la duda o el cansancio aparecen. Y aquí la esperanza vuelve a desplegar su magia: nos da permiso para fallar sin rendirnos, para empezar de nuevo sin perder la fe. El poder de las relaciones resonantes Nadie cambia solo. Las relaciones significativas, aquellas donde somos vistos y aceptados tal como somos, actúan como espejos y refugios. Nos sostienen cuando flaquea la voluntad y nos recuerdan quiénes queremos ser cuando la confusión nos desorienta. La esperanza también se contagia: crece cuando alguien confía en nosotros, cuando nos miran con esa mezcla de ternura y fe que dice “sé que puedes”. Esperar, pero también actuar La propuesta de Boyatzis no es un canto ingenuo al optimismo. Es un recordatorio profundo de que la esperanza es una fuerza activa, no un refugio pasivo. Es lo que transforma el deseo en compromiso, la visión en acción, la intención en cambio real. En un mundo que premia la inmediatez y el miedo al fracaso, mantener viva la esperanza es casi un acto de rebeldía. Significa elegir creer —una y otra vez— en la posibilidad de ser mejores, de sanar, de reinventarnos. Quizás la esperanza no cambie las circunstancias externas, pero sí transforma el modo en que nos relacionamos con ellas. Es el hilo invisible que une lo que somos con lo que soñamos ser; la emoción que da forma al coraje, la constancia y la fe en el propio camino. Porque al final, todo cambio verdadero comienza con un simple gesto interior: atreverse a esperar. Sara Canca RepisoPsicóloga del Centro Integral de Psicología&#160;Psiete Fuente: Hoja Ntra. Sra. de la Claraessperanza No. 227 &#8211; https://hoja.claraesperanza.net/2025/11/la-esperanza-el-hilo-invisible-del-cambio-interior/]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<figure class="wp-block-image size-large"><img fetchpriority="high" decoding="async" width="1024" height="557" src="https://colegiatacieloenlatierra.org/wp-content/uploads/2025/11/Zapato-maceta-Virgi-Dianez-1024x557.jpg" alt="" class="wp-image-5766" srcset="https://colegiatacieloenlatierra.org/wp-content/uploads/2025/11/Zapato-maceta-Virgi-Dianez-1024x557.jpg 1024w, https://colegiatacieloenlatierra.org/wp-content/uploads/2025/11/Zapato-maceta-Virgi-Dianez-300x163.jpg 300w, https://colegiatacieloenlatierra.org/wp-content/uploads/2025/11/Zapato-maceta-Virgi-Dianez-768x418.jpg 768w, https://colegiatacieloenlatierra.org/wp-content/uploads/2025/11/Zapato-maceta-Virgi-Dianez.jpg 1200w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /><figcaption class="wp-element-caption">Foto: Virgi Dianez</figcaption></figure>



<p class="wp-block-paragraph">Vivimos tiempos en los que hablar de esperanza puede sonar ingenuo. Sin embargo, cuando las certezas se desmoronan y el futuro parece incierto, es precisamente la esperanza —esa emoción tan silenciosa como poderosa— la que sostiene la posibilidad del cambio. Richard Boyatzis, con su modelo de aprendizaje autodirigido, nos recuerda que todo proceso de transformación personal comienza con un acto profundamente humano: creer que es posible llegar a ser alguien mejor, más pleno, más coherente con los propios valores, desde una base real.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>El yo ideal: el faro que guía en la niebla</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">En esta primera fase, Boyatzis propone que el cambio parte del yo ideal, esa visión íntima de lo que deseamos ser. No se trata de una meta superficial, sino de una imagen cargada de sentido y emoción. En ella habitan nuestros sueños, nuestras aspiraciones más nobles y, sobre todo, la esperanza.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esa esperanza no es pasiva ni ingenua, sino que moviliza energía y perseverancia. Nos impulsa a actuar en dirección a nuestras metas y nos permite sostener el esfuerzo incluso cuando los resultados tardan en llegar. La esperanza, entendida así, no es un deseo vago, sino un combustible psicológico que fortalece la voluntad consciente.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>El yo real: el espejo que no siempre queremos mirar</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">El cambio requiere también un encuentro honesto con el yo real. Mirarnos sin máscaras ni defensas puede resultar doloroso, pero solo al reconocer nuestras fortalezas y debilidades podemos trazar un camino auténtico hacia el crecimiento. En este punto, la esperanza vuelve a ser esencial: sin ella, el espejo del yo real solo reflejaría carencias; con ella, se convierte en un mapa de posibilidades.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Boyatzis sugiere que el foco no debe ponerse únicamente en corregir errores, sino en fortalecer aquello que ya funciona bien. La esperanza, de nuevo, nos ayuda a mirar con amabilidad lo que somos, sin rendirnos ante lo que aún no hemos logrado.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>La agenda del cambio: cultivar la esperanza en acción</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">El proceso de transformación personal requiere un plan, una hoja de ruta emocional y práctica. Pero más allá de los objetivos, Boyatzis resalta la necesidad de activar lo que llama el “atractor emocional positivo”: un conjunto de emociones —entre ellas la esperanza, el optimismo y la autoeficacia— que crean un estado fisiológico y mental propicio para el aprendizaje y la renovación.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuando la esperanza domina sobre el miedo, el cerebro se abre, el cuerpo se calma y la creatividad florece. Es entonces cuando el cambio se vuelve sostenible, no forzado. La esperanza, en este sentido, no solo es una emoción; es una condición biológica para el crecimiento.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Practicar, fallar, persistir</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Nada cambia de un día para otro, por eso en la cuarta fase de este modelo, se indica que la transformación requiere práctica, repetición y paciencia. Aprender nuevas formas de pensar, sentir o actuar es un proceso que se consolida poco a poco. Visualizar el yo ideal —ese futuro posible que deseamos alcanzar— nos ayuda a mantener el rumbo cuando la duda o el cansancio aparecen.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y aquí la esperanza vuelve a desplegar su magia: nos da permiso para fallar sin rendirnos, para empezar de nuevo sin perder la fe.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>El poder de las relaciones resonantes</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Nadie cambia solo. Las relaciones significativas, aquellas donde somos vistos y aceptados tal como somos, actúan como espejos y refugios. Nos sostienen cuando flaquea la voluntad y nos recuerdan quiénes queremos ser cuando la confusión nos desorienta.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La esperanza también se contagia: crece cuando alguien confía en nosotros, cuando nos miran con esa mezcla de ternura y fe que dice “sé que puedes”.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Esperar, pero también actuar</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">La propuesta de Boyatzis no es un canto ingenuo al optimismo. Es un recordatorio profundo de que la esperanza es una fuerza activa, no un refugio pasivo. Es lo que transforma el deseo en compromiso, la visión en acción, la intención en cambio real.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En un mundo que premia la inmediatez y el miedo al fracaso, mantener viva la esperanza es casi un acto de rebeldía. Significa elegir creer —una y otra vez— en la posibilidad de ser mejores, de sanar, de reinventarnos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizás la esperanza no cambie las circunstancias externas, pero sí transforma el modo en que nos relacionamos con ellas. Es el hilo invisible que une lo que somos con lo que soñamos ser; la emoción que da forma al coraje, la constancia y la fe en el propio camino.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque al final, todo cambio verdadero comienza con un simple gesto interior: atreverse a esperar.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Sara Canca Repiso<br></strong>Psicóloga del Centro Integral de Psicología&nbsp;<strong><em>Psiete</em></strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Fuente: Hoja Ntra. Sra. de la Claraessperanza No. 227 &#8211; https://hoja.claraesperanza.net/2025/11/la-esperanza-el-hilo-invisible-del-cambio-interior/</p>



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		<title>Modo hacer y modo ser</title>
		<link>https://colegiatacieloenlatierra.org/2023/07/modo-hacer-y-modo-ser/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Sara Canca Repiso]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 14 Jul 2023 05:20:11 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Ciencias Sociales]]></category>
		<category><![CDATA[Psicología]]></category>
		<category><![CDATA[Salud]]></category>
		<category><![CDATA[Soledad y silencio]]></category>
		<category><![CDATA[Temas]]></category>
		<category><![CDATA[cerebro]]></category>
		<category><![CDATA[psicologia]]></category>
		<category><![CDATA[soledad y silencio]]></category>
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					<description><![CDATA[Cuando practicamos la soledad y el silencio descubrimos cómo funciona nuestra mente y cuáles son sus tendencias: sus gustos, sus condicionamientos, los hábitos que sigue, a dónde le gusta viajar (ya sabemos que nuestra mente es muy viajera). Una parte importante del malestar y del estrés que padecemos procede de estos hábitos de la mente. Unos hábitos que podemos empezar a conocer gracias a la soledad y el silencio. Lógicamente, si aumentamos nuestra autoconciencia y autobservación vamos a comenzar desde una buena base que nos lleve a relacionarnos mejor con nosotros mismos y con nuestro entorno. La mente humana cuenta con dos modos de funcionamiento: modo hacer y modo ser. En el modo hacer la mente está centrada en lo que le falta, en el déficit, en lo que no tiene. Es el funcionamiento mental que categoriza, clasifica, ordena, marca objetivos, planifica, analiza, compara. Se centra, fundamentalmente, en los resultados, siendo estos la parte más productiva. Este modo se mueve en dos puntos de referencia: el pasado y el futuro. Así, el presente carece de sentido, siendo un mero trámite para llegar a un supuesto futuro en el que no faltará nada. Cuando estamos en este modo mental creemos que la felicidad nos espera en ese futuro. Todo lo que ahora nos está perturbando no existirá. Tenemos esa idealización, una ilusión vacía. Y, curiosamente, cada vez que llegamos a ese supuesto futuro lleno de perfección (si es que alguna vez llegamos), automáticamente vuelve a desplegarse otro nuevo futuro que comenzamos a perseguir con ansia. Esta forma de comportarse provoca mucho desgaste de energía. Si nos paramos a pensar en ser siempre productivos, nos daremos cuenta de que en nuestra vida existen muchos momentos donde no hay nada que conseguir, nada que resolver, ningún lugar al que ir. No obstante, el modo hacer es muy útil para algunas situaciones concretas: si tengo que conseguir un proyecto, he de analizar mi avance para sopesar lo que aún queda por lograr. Este modo de hacer nos ayuda a encontrar la mejor alternativa y, una vez descubierta, nos ayuda a ponerla en práctica, en marcha. Me gustaría que nos hiciéramos las siguientes preguntas: ¿Utilizamos este modo en otras situaciones? ¿Lo usamos con las personas que nos rodean, en nuestras relaciones, conmigo misma? ¿Lo hacemos centrándonos en lo que falta, en lo que no tenemos? Lo que normalmente ocurre es que utilizamos el modo hacer en todas las circunstancias y situaciones de nuestra vida, enfocándonos en lo que nos falta para que sea perfecto. Al final, lo que ocurre cuando somos guiados por nuestra mente en el modo hacer es que dejamos de disfrutar, de ser felices con nuestras vidas, a pesar de que tengamos todas las razones objetivas para ser felices ¿Cómo es posible? El motivo es que dejamos de vivir realmente, ya que el modo hacer nos dice que lo que tenemos es incompleto. Si de verdad queremos resolver un problema, tal vez, nuestros pensamientos rumiantes nos alejen de la solución. Tal vez, una buena solución será dejar que la mente se calme, como cuando el agua agitada está turbia, y necesitamos que se calme para ver con claridad. Con la mente ocurre lo mismo, necesitamos que esas aguas se calmen para que, poco a poco, veamos con claridad y tomemos decisiones desde la calma. Así, estaremos más seguros de la decisión tomada y esta será más acorde con nuestra forma de ser. Tenemos otro modo, el modo ser, que potenciamos a través de la soledad y el silencio. El modo ser es el que nos lleva a la aceptación, un lugar donde la mente puede ser capaz de quedarse en calma y considerar la realidad de forma completa. En el modo ser se acepta todo como parte de la vida, no hay excepciones. Nos damos cuenta de que somos seres contingentes, limitados, y que la aceptación es el trampolín para abrazar plenamente la vida. Se procura la experiencia total de la vida. El modo ser está pegado al presente, observa con delicadeza todo lo que le sucede y lo acepta, permitiendo la llegada de cualquier situación vital sin forzarla y, así, podremos caminar como si estuviéramos besando la tierra con los pies. Fuente:https://colegiatansdc.blogspot.com/2023/07/julio-2023.html]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<figure class="wp-block-image size-large"><img decoding="async" width="1024" height="682" src="https://colegiatacieloenlatierra.org/wp-content/uploads/2023/07/Cerebro-1-1-1024x682.jpg" alt="" class="wp-image-3969" srcset="https://colegiatacieloenlatierra.org/wp-content/uploads/2023/07/Cerebro-1-1-1024x682.jpg 1024w, https://colegiatacieloenlatierra.org/wp-content/uploads/2023/07/Cerebro-1-1-300x200.jpg 300w, https://colegiatacieloenlatierra.org/wp-content/uploads/2023/07/Cerebro-1-1-768x512.jpg 768w, https://colegiatacieloenlatierra.org/wp-content/uploads/2023/07/Cerebro-1-1-391x260.jpg 391w, https://colegiatacieloenlatierra.org/wp-content/uploads/2023/07/Cerebro-1-1.jpg 1280w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /><figcaption class="wp-element-caption">Wikimedia Commons</figcaption></figure>



<p class="wp-block-paragraph">Cuando practicamos la soledad y el silencio descubrimos cómo funciona nuestra mente y cuáles son sus tendencias: sus gustos, sus condicionamientos, los hábitos que sigue, a dónde le gusta viajar (ya sabemos que nuestra mente es muy viajera).</p>



<p class="wp-block-paragraph">Una parte importante del malestar y del estrés que padecemos procede de estos hábitos de la mente. Unos hábitos que podemos empezar a conocer gracias a la soledad y el silencio.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Lógicamente, si aumentamos nuestra autoconciencia y autobservación vamos a comenzar desde una buena base que nos lleve a relacionarnos mejor con nosotros mismos y con nuestro entorno.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La mente humana cuenta con dos modos de funcionamiento: modo hacer y modo ser.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En el modo hacer la mente está centrada en lo que le falta, en el déficit, en lo que no tiene. Es el funcionamiento mental que categoriza, clasifica, ordena, marca objetivos, planifica, analiza, compara. Se centra, fundamentalmente, en los resultados, siendo estos la parte más productiva. Este modo se mueve en dos puntos de referencia: el pasado y el futuro. Así, el presente carece de sentido, siendo un mero trámite para llegar a un supuesto futuro en el que no faltará nada.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuando estamos en este modo mental creemos que la felicidad nos espera en ese futuro. Todo lo que ahora nos está perturbando no existirá. Tenemos esa idealización, una ilusión vacía. Y, curiosamente, cada vez que llegamos a ese supuesto futuro lleno de perfección (si es que alguna vez llegamos), automáticamente vuelve a desplegarse otro nuevo futuro que comenzamos a perseguir con ansia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esta forma de comportarse provoca mucho desgaste de energía. Si nos paramos a pensar en ser siempre productivos, nos daremos cuenta de que en nuestra vida existen muchos momentos donde no hay nada que conseguir, nada que resolver, ningún lugar al que ir. No obstante, el modo hacer es muy útil para algunas situaciones concretas: si tengo que conseguir un proyecto, he de analizar mi avance para sopesar lo que aún queda por lograr.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Este modo de hacer nos ayuda a encontrar la mejor alternativa y, una vez descubierta, nos ayuda a ponerla en práctica, en marcha.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Me gustaría que nos hiciéramos las siguientes preguntas: ¿Utilizamos este modo en otras situaciones? ¿Lo usamos con las personas que nos rodean, en nuestras relaciones, conmigo misma? ¿Lo hacemos centrándonos en lo que falta, en lo que no tenemos?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Lo que normalmente ocurre es que utilizamos el modo hacer en todas las circunstancias y situaciones de nuestra vida, enfocándonos en lo que nos falta para que sea perfecto. Al final, lo que ocurre cuando somos guiados por nuestra mente en el modo hacer es que dejamos de disfrutar, de ser felices con nuestras vidas, a pesar de que tengamos todas las razones objetivas para ser felices ¿Cómo es posible? El motivo es que dejamos de vivir realmente, ya que el modo hacer nos dice que lo que tenemos es incompleto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Si de verdad queremos resolver un problema, tal vez, nuestros pensamientos rumiantes nos alejen de la solución. Tal vez, una buena solución será dejar que la mente se calme, como cuando el agua agitada está turbia, y necesitamos que se calme para ver con claridad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Con la mente ocurre lo mismo, necesitamos que esas aguas se calmen para que, poco a poco, veamos con claridad y tomemos decisiones desde la calma. Así, estaremos más seguros de la decisión tomada y esta será más acorde con nuestra forma de ser.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tenemos otro modo, el modo ser, que potenciamos a través de la soledad y el silencio.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El modo ser es el que nos lleva a la aceptación, un lugar donde la mente puede ser capaz de quedarse en calma y considerar la realidad de forma completa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En el modo ser se acepta todo como parte de la vida, no hay excepciones. Nos damos cuenta de que somos seres contingentes, limitados, y que la aceptación es el trampolín para abrazar plenamente la vida. Se procura la experiencia total de la vida.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El modo ser está pegado al presente, observa con delicadeza todo lo que le sucede y lo acepta, permitiendo la llegada de cualquier situación vital sin forzarla y, así, podremos caminar como si estuviéramos besando la tierra con los pies.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Fuente:https://colegiatansdc.blogspot.com/2023/07/julio-2023.html</p>



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